viernes, 24 de marzo de 2017

Los Manuscritos Perdidos del Principado - Parte I



Firmada en Bruselas el 6 de febrero por el Principe


Algunas veces en las acciones más simples, en las cosas más triviales, encontramos las circunstancias que nos conducen a una serie de acontecimientos singulares, que nos llevan a un final insospechado. En esta historia real, que será muy del gusto de todos aquellos que se diviertan con los enigmas intelectuales, con los misterios históricos, o con los acertijos literarios; podemos descubrir lo que puede ocurrir cuando un buen día se nos ocurre dejarnos llevar por nuestra curiosidad.

Os quiero contar una pequeña historia real. Unos hechos que me sucedieron hace algunos años, y que aún hoy no han terminado de aclararse.

Todo comenzó hace unos años cuando el desarrollo de ese mercado virtual, denominado Ebay, comenzó a extenderse y aumentar en cuanto a ventas y cantidad de objetos que allí se ofrecían. A mí siempre me han gustado los libros antiguos, aunque hasta la fecha, debido a mi modesta posición económica, nunca me había podido permitir disponer del dinero suficiente como para invertir de una forma desahogada en este tipo de objetos de colección. Los libros antiguos, aquellos que aún perduran en el tiempo, con sus preciosas cubiertas de piel o de vetusto pergamino. Las maravillosas ediciones de pasta española o francesa, con sus blancas hojas de papel verjurado, pasaban ante mis ojos en las tiendas de anticuarios o libreros de viejo, siendo inalcanzables en modo alguno.

La revolución de internet obró el milagro y nos dejó entrar a los más plebeyos en este mundo de gente rica y adinerada, a compartir los desvelos en las subastas y pujas por los ejemplares más antiguos de la literatura que allí se ofrecían.

En una de estas subastas, de las muchas que me gustaba visitar por esa época, pude pujar por un pequeño y precioso ejemplar de nuestro inmortal Don Quijote de la Mancha. Los que estaban escritos en nuestro idioma, tanto fuesen de siglos muy tempranos o de reciente edición, resultaban aún muy caros para mí, pero con todo, podía optar por ediciones de esta famosa obra en otros idiomas cercanos. 


La edición que me gustaba era un primer tomo del caballero de la mancha, fechado en 1781, impreso en Lyon, bajo el simpático título de Historie de L’Admirable Don Quichotte de la Manche. Un bello volumen, muy limpio y bien conservado en su interior, con preciosos grabados sobre las andanzas del popular caballero.

Pasando algo de apuro, pude conseguir el libro en la puja, teniendo que llegar hasta el final a ciertas horas de la noche en que ya debía estar durmiendo. Lo compré por un precio bastante moderado. Me sentía realmente feliz por haberlo conseguido, y porqué no decirlo, por haber ganado. Siempre satisface un poco el ego, el vencer en una competición igualada, aunque sea en algo tan banal como una subasta por internet.

A la semana siguiente y sin haber recibido aún mi compra, el mismo vendedor sacó a subasta otro de los tomos. Para mi sorpresa fue el tercero de la misma colección. Sin pensármelo dos veces y saltándome el presupuesto de ese mes, que tenía reservado para mis locuras literarias, compré el libro de igual forma que el anterior. Sintiéndome muy satisfecho y feliz de haberlo conseguido.

Al cabo de una decena de días, recibí los dos flamantes ejemplares en mi casa. Allí estaban esas dos preciosas ediciones, quizá humildes para cualquier coleccionista adinerado o más pudiente, pero para mí eran un tesoro y me llenaron de alegría al recibirlas y al recorrer mi vista por su bello interior.


Primer volumen del Quijote francés de 1781
La encuadernación de ambos libros, hay que decirlo, no era la original, y no les favorecía nada. Ya cuando los vi por primera vez, por las imágenes que el vendedor ofrecía en su anuncio, pude comprobar que no eran las tapas originales; y al tenerlos en las manos se notaba que eran unas feas y bastas reencuadernaciones posteriores, realizadas al gusto de los primeros años del siglo XVIII o finales del XVII. Con aquella especie de cartón artesano que se dio en llamar papelón, al estar formado por muchas hojas de papel de lino o tela, encoladas y unidas para aumentar su consistencia y transformarse en cartón.


Canto gregoriano. Siglo XVI-XVII.
Los libros estaban así encuadernados con cubiertas de cartón antiguo y un papel pintado de color azul jaspeado pegado en su exterior. Su lomo se había conseguido usando algunos trozos de un viejo cantoral realizado en pergamino que dataría de mediados del siglo XVII o posiblemente anterior. Sin ningún pudor ni cuidado, el encuadernador de la época había cortado en tiras las hojas de un antifonario vetusto y desusado, para realizar este tipo de encuadernaciones baratas. Se me pone el pelo de punta solo en pensarlo, e imaginar al operario cortando las preciosas hojas de pergamino decoradas con aquellas notas musicales antiguas, sin darles ninguna importancia ni valor. Los tomos, en su origen posiblemente estuvieron encuadernados en piel a la francesa, por la época y por su factura tanto interior, como en tamaño, eso indicaban; pero la debieron perder en su azarosa existencia, como les ha ocurrido a tantos de aquellos libros que se han perdido con el paso del tiempo.



Así, a estas alturas de la historia, tenía en mis manos dos bellos ejemplares de nuestro buen Quichotte afrancesado, encuadernado en una amalgama de materiales que no me gustaban, con la intención de cambiar su humilde condición por la de una encuadernación más acorde con mi gusto y para exponerlos de manera más digna.

Cuando pude, les desprendí de su cubierta y la cambié por una más elegante. Unas tapas en terciopelo rojo que los realzaba; sin que fuera una encuadernación fija, siendo del todo reversible, pensando en el futuro; y con las que a día de hoy siguen estando en mi biblioteca.





El material que sobró, aquellas cuatro tapas de papelón antiguo y dos tiras de viejo pergamino manuscrito con notas de canto gregoriano, quedaron como recuerdo y previsiblemente irían a parar a una caja donde suelo guardar todos aquellos efectos que me encuentro dentro de los libros antiguos o usados. Pero en este caso no fue así.

Curioseando con el cartón antes de guardarlo, puede apreciar, separando un poco una de sus esquinas, que aparecían ciertas letras manuscritas con tinta muy suave que parecían indicar que en su interior podía haber más texto escrito, bien oculto de nuestros ojos desde los tiempos en que se confeccionó el antiguo cartón. La separé un poco más, y otro poco, siempre con mucho miedo de que se rasgara o se estropeara aquel delicado papel, y pude ver que estaba todo escrito,  dejándome leer algunas palabras en francés antiguo. Como podéis suponer, la curiosidad me picó hasta el extremo de que no pude ya más que pensar en el modo de separar aquellas hojas pegadas, para saber qué había allí escrito y de qué época databa.

Meditando durante algunas semanas sobre la cuestión y también debido a mi falta de tiempo, tuve que posponer el tema hasta que indagué lo suficiente para enfrentarme al problema con visos de éxito.

Una tarde tranquila empecé la operación sin tenerlas todas conmigo. Introduje una de las cubiertas en agua templada y limpia. Ya había probado con una de las palabras que afloraban en la esquina que había despegado, para saber si se disolvería con agua. Y había comprobado que la antigua tinta no era ya soluble, lo que me daba cierta confianza en lo que ahora estaba haciendo. Durante un rato, y siempre bajo mi control, dejé el trozo de papelón en su baño de agua tibia. Poco a poco vi cómo se ahuecaban los papeles que lo componían, y cómo la cola de origen animal se degradaba y se disolvía, dejando que todos aquellos papeles, que habían permanecido unidos durante siglos, se separaran dentro del agua sin dificultad. Para evitar que se deterioraran, pues no se debe mantener este tipo de papel, confeccionado con trapos de lino y similar, mucho tiempo a remojo, si no queremos quedarnos con una masa viscosa de pasta, los saqué de su baño. Y ya solo tuve que separarlos con cuidado uno por uno. Las hojas fueron despegándose fácilmente. Solo en algunos puntos se resistían un poco, pero al final salieron bien y no se rompió ninguna. Animado por el buen resultado del experimento, lo realicé con las otras tres tapas siguientes, consiguiendo en varias horas de baño un buen montón de hojas antiguas, llenas de escritos de fecha incierta para mí en ese momento.

Todo lo que siguió a continuación fue ya muy fácil. Solo tuve que absorber el exceso de humedad, prensando las hojas de forma individual con papel secante y luego cuando estuvieron bien secas y se mostraban resistentes y en perfecto estado, pude dedicarme a leer lo que en ellas ponía.



Aquí comenzaron mis desvelos y el inicio de mis pesquisas, que hasta el día de hoy no han terminado.

Tenía en mi poder alrededor de 65 hojas manuscritas por las dos caras, menos de la mitad en francés antiguo y el resto en neerlandés antiguo (holandés-flamenco); lengua que me costó determinar al principio, y que tuve que consultar con  algunos estudiosos que amablemente me ayudaron en la red.



Se trataba de páginas sueltas o partes de libros de contabilidad, o de recibos, quizá donde se anotaba un diario de gastos y obras realizadas; escritas a finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, por las fechas que contenían. Las hojas originales habían sido cortadas en rectángulos, lo que sería para nosotros un octavo menor, que en Francia pasaría por un doceavo de la época,  para ser usadas en la confección del cartón antiguo. Muchas de estas hojas se reciclaban de esta forma y se les daba este uso que luego se empleaba en imprentas y editoriales.

En mis primeras pesquisas y leyendo con paciencia el francés de finales del XVII, pude entender algunas de las hojas. Estaba ante fragmentos de recibos o anotaciones donde se referenciaban trabajos y costes. Lo interesante resultaba, que en algunas de ellas aparecían nombres de personajes y lugares conocidos, y sobre todo fechas, muchas fechas. Se anotaban los pagos acontecidos en reparaciones, algunas domésticas, otras de exteriores, muchas de albañilería y de otros conceptos parecidos.

Para muestra y por no cansar en esta primera parte con las traducciones, puedo transcribir un pequeño texto de una de ellas que me parece muy revelador:



De forma literal:
...endroits pour trouver la source de la fontaine qui coule à la maison de mondit Seigneur Prince occupeé par le sr. moureau vers la...

...lugares para encontrar el manantial de la fuente que mana a la casa de mi Señor Príncipe ocupada por el Sr. Moureau a la...


Después de mis humildes investigaciones, he podido deducir que este fragmento de anotación, se puede referir a los datos que acompaño a continuación:

Casa del Príncipe en Verviers, Principado de Lieja, Bélgica.


La Casa del Príncipe, en el número 2 de la calle de las Tullerías, es parte de la historia y el patrimonio de Verviers. Su origen se remonta al siglo XVI. Recibe su nombre porque era la residencia del Príncipe Obispo de Lieja cuando venía a visitar la ciudad.

Jean Guillaume, barón de Moreau, del Santo Imperio, y consejero y tesorero general de su alteza. Y vizconde de Neuville-en-Famenne. Tesorero general del príncipe-obispo de Lieja. 

 
(La segunda parte de esta entrada la dedicaré a las traducciones de los fragmentos en francés,cuando tenga todos traducidos.)

Con gran sorpresa, al final pude comprobar que estaba en posesión de manuscritos fragmentados, fechados a finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII. Entre 1680 y 1730, más o menos, escritos en Bélgica, y con mucha probabilidad relaciondos con el principado de Lieja y el de Bruselas. Los idiomas que conforman los dos tipos de texto lo corroboran. Por una parte, el francés antiguo y por otra el neerlandés antiguo, que eran de uso común en esta zona de los países bajos, y aún hoy, aunque las lenguas han evolucionado, se siguen usando casi por igual.

A fecha de hoy sigo traduciendo de vez en cuando las partes en francés, que son más fáciles de entender por mí; pero las que están en neerlandés, son un auténtico galimatías. Y es una pena, puesto que son la mayoría de las hojas, y las que están más densamente escritas. Este lenguaje es un auténtico jeroglífico, máxime si se pretende entender una caligrafía de época barroca, en flamenco antiguo, y con los modos y abreviaturas del estilo contable y administrativo, redactado por un secretario, al uso en esos momentos.

Hasta aquí llega mi conocimiento ahora. Sin embargo ha continuado el proceso. Toda esta singular y curiosa colección de manuscritos ha vuelto casi a sus orígenes. Solo de forma virtual, porque no deseo desprenderme de ellos. Con una infinita amabilidad, uno de los especialistas en manuscritos de la Biblioteca Nacional de Holanda ha mostrado cierto interés en el contenido de estas hojas. Espero que tenga tiempo para este pequeño misterio y que me pueda desvelar el significado que me falta por entender, y que resulta bastante más de la mitad de todo el conjunto. Porque aún sigo mirando las hojas con mucha curiosidad, observando esas indescifrables palabras garabateadas para mí incomprensibles.

Espero que os haya gustado. Y si queréis aportar algo, estaré encantado. Siempre viene bien cualquier ayuda.

2 comentarios:

  1. Me ha encantado Jesús, ¡cuánto estarás disfrutando! Espero que nos sigas contando según vayas averiguando más detalles.
    Desde luego comprar esos Quijotes mereció la pena.
    Susana

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  2. Gracias por el comentario. La verdad es que estoy esperando a ver que me contesta el conservador de manuscritos de Holanda. Me pidió que le enviara todos escaneados, pero no se nada desde hace un par de meses. Nunca se sabe, lo mismo pasa del tema o lo mismo no, je, je.

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